El sacrificio de las serpientes

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El sacrificio de las serpientes

“Mientras tanto”, continuó narrando Suta, “los preparativos para el gran sacrificio de las serpientes estaban casi por culminar. Toda el área había sido preparada por los mejores Brahmanas Ritvik de esa época, y por todos los perfectos conocedores de la ciencia de los sagrados Vedas y de todos los aspectos técnicos de los distintos ceremoniales. Había intensos preparativos. Ningún detalle fue pasado por alto: la plataforma de sacrificio y todo lo demás estaba totalmente de acuerdo con las ordenanzas védicas.

Los invitados comenzaron a llegar, siendo muchos de ellos sabios famosos por su conocimiento y por su estricta observancia de los principios de la espiritualidad. Entre ellos estaban Vyasa y su hijo Shukadeva, acompañado de sus discípulos. También llegaron Uddalaka, Pramataka, Asita, Devala, Narada, Parvata, Atreya y cientos y miles más. Básicamente, las personalidades más importantes de la época estaban allí.

Cuando comenzó el sacrificio, la atmósfera vibraba bajo el efecto mágico de los sonidos y las melodías del mantra védico recitado por los Brahmanas, mientras que el fuego de sacrificio estallaba más y más alto, alimentado sin descanso por las abundantes libaciones de mantequilla clarificada.

 

Durante días los sacerdotes, vestidos de negro completamente, continuaron la recitación cada vez más fuerte de los himnos de los Vedas y tiraban la mantequilla purificada en las llamas. El intenso calor les causó quemaduras por todo el cuerpo e hizo que sus ojos casi se les desangraran, pero no le prestaban atención al dolor y seguían ejecutando disciplinadamente sus respectivas tareas. Entonces, cuando el sortilegio se hizo lo suficientemente fuerte, empezaron a recitar al unísono y en voz alta los mantras para la destrucción de los reptiles, llamándolos por su nombre, uno por uno.

En ese momento, inmovilizadas y prisioneras de esa fuerza incontrolable, las serpientes comenzaron a sentirse aspiradas en dirección a la arena, hacia el fuego que cada vez más alto y voraz, parecía estar esperándolas. Llorando de terror, comenzaron a caer dentro del fuego una por una, y a continuación, por decenas y por miles, y luego, por cientos de miles. El ruido de los grandes reptiles que caían en el fuego y el olor de sus cuerpos quemados comenzó a invadir la atmósfera, mientras que los brahmanes no dejaban de recitar los himnos divinos.

 

Mientras tanto, Takshaka, el autor de la muerte de Pariksit, había tomado refugio en un planeta celestial, en Amaravati, el planeta de su amigo Indra, quien le había asegurado que estaría protegido del efecto devastador de los mantras. Pero en un momento determinado él también se sintió en un estado hipnótico y fue impulsado por un poder superior en dirección a la Tierra. Aterrorizado, llamó a Indra pidiéndole ayuda, y aunque él trató de defenderlo del poder de los Brahmanas, aun así, Takshaka fue aspirado en el espacio y en pocos minutos se encontró en la atmósfera terrestre.

Indra, por su parte, no se había dado por vencido y con todas sus fuerzas intentó de nuevo para que este dejara de bajar aún más, mientras el Naga gritaba desesperadamente:

‘¡Ayúdame, Indra, amigo mío!, ¡sólo tú puedes salvarme la vida! ¡No me abandones!’

Pero esos mantras eran tan poderosos que terminaron arrastrando incluso a los Devas de la lluvia en la dirección del terrible fuego.

La situación se estaba volviendo terriblemente crítica. Hasta los Nagas más poderosos, incluyendo al propio Rey, comenzaron a sentirse con malestar y una fuerte sensación de pánico se apoderó de todos. El sacrificio de Janamejaya se estaba cumpliendo a la perfección; en este punto lo único que se podía hacer era recurrir a Astika, su última posibilidad de salvación.”

 

 

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