El encuentro con Shiva

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“Arjuna ya conocía aquella ruta por haberla recorrido durante la campaña militar que había precedido al desarrollo del Rajasuya.

Al llegar a la montaña Gandhamadana recordó cómo la había escalado y cuánto había deseado volver a verla. Luego de deleitarse con aquella belleza natural, continuó su camino, y llegó al monte Indrakila. Allí decidió descansar.

No muy lejos del lugar donde el Pandava se había detenido a descansar vivía un viejo asceta. Un Kshatriya en esas alturas era una cosa inusual, por lo cual se acercó.

‘¿Qué haces con todas esas armas?’, preguntó el asceta. ‘En estas montañas no hay enemigos con quien combatir, ni hay peligros de ningún tipo. Tíralas, y realiza ascetismo con el fin de merecer alegrías ilimitadas en los planetas benditos. Viviendo en este lugar es fácil de conseguir tales destinos.’

‘En este momento no estoy interesado en Svarga-loka’, respondió Arjuna, ‘porque tengo que ayudar a mi hermano a recuperar su reino. Yo he venido aquí a buscar las armas de los Devas, y no puedo tirar aquellas que ya poseo.’

El asceta insistió en la descripción de los planetas celestiales y la felicidad que se puede encontrar allí, pero Arjuna estaba determinado a no abandonar a su hermano.

Entonces el anciano dijo:

‘Hijo, una vez más te has comportado de la mejor manera. Tú no te preocupes por los placeres personales, que cuando pasan no dejan huella; sólo debes estar interesado en el cumplimiento de tus deberes, los cuales, por el contrario, pueden concederte el beneficio más elevado.

‘Soy Indra, tu padre, y pronto nos volveremos a encontrar. Ahora empieza a realizar sacrificios y meditaciones a Shiva, y pídele prestada su arma favorita. Cuando esto se haya hecho, los demás Devas y yo les daremos otras potentísimas armas.’

En aquel maravilloso lugar de retiro, Arjuna llevó a cabo un estricto ascetismo y no pensaba en nada más que en ver a Shiva.

Sus esfuerzos no se perdieron. Shiva, también llamado Shankara, la encarnación parcial de Narayana, viendo la profunda devoción del Pandava, decidió poner a prueba su capacidad guerrera y su carácter. Acompañado por su esposa Parvati y las otras mujeres que constantemente le hacían compañía, el gran Deva descendió de las alturas de Kailasha y tomó la apariencia de un Kirata.

En muy poco tiempo se encontraron en Indrakila.

Allí vivía un Rakshasa llamado Muka, que odiaba a Bhima por haber matado a muchos de sus amigos más queridos y quería vengarse matándole a su hermano. Por lo tanto, tomó la forma de un enorme jabalí, y lo atacó con furia. Cuando Arjuna oyó el ruido de las poderosas pezuñas de la bestia, tomó el arco y a una velocidad fulminante lanzó una flecha.

Mientras tanto, escondido detrás de los árboles, Shiva había sido testigo de la escena y, al mismo tiempo él también lanzó una gran flecha. Las dos armas golpearon en el mismo preciso momento produciendo un gran ruido en el enorme cuerpo del Rakshasa, quien cayó al suelo sin vida. Arjuna vio que el jabalí también había sido golpeado por otra persona y, mirando a su alrededor, se dio cuenta de la presencia del Kirata.

‘¿Quién eres?’, preguntó con tono severo el hijo de Pandu. ‘Este jabalí era mi objetivo, y tú no tenías que permitirte intervenir.’

‘Estás equivocado’, dijo el cazador. ‘Yo lo vi antes que tú y por eso mi flecha ha golpeado antes que la tuya, por lo tanto, la presa es mía.’

Arjuna y el Kirata discutieron acaloradamente, hasta que la ira se apoderó de ambos. Se desencadenó un feroz duelo.

Lucharon durante mucho tiempo, pero el Pandava, por más que se empeñara hasta el extremo, no lograba vencer. Con el cuerpo cubierto de heridas, cansado y humillado, Arjuna meditó sobre Shiva, y ofreciendo una guirnalda al Lingam que adoraba, humildemente le pidió ayuda. Cuando abrió los ojos vio que las flores adornaban el cuerpo del cazador y entendió que su adversario no era otro que el propio Shiva en persona.

‘Por favor, perdóname por no haberte reconocido antes’, dijo dejándose caer sobre sus pies sagrados. ‘Te pido disculpas por haberte ofendido al desear luchar contra ti. Nadie puede vencerte en la batalla, y, ¿cómo podría yo, un simple mortal, tener éxito donde el más grande asura ha fracasado?’

Shankara sonrió.

‘Yo sólo quería darme cuenta personalmente de tu ardor guerrero. Ahora que lo he visto quiero felicitarte. Ya sé que cualificas para tener mi arma. Antes de la batalla, que empezará pronto, te consignaré la Pashupata y te enseñaré a utilizarla.’

Después de haberlo bendecido con palabras gentiles, el Deva desapareció.”

 

 

 

 

 

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