Home page Isvara esp - Iskcon, Movimiento Hare Krishna

http://sites.google.com/site/iskconpuertorico/

                  viernes, 03 de septiembre de 2010 - Visitantes: 30 - Hits sitio: 2.295.171  

Email  |  Vrindavana  |  Manonatha Dasa     Inglés | Italiano | Español
[ Isvara Periodico ES ] - Srila Ramanujacarya - Capítulo 6
[ Isvara Periodico ES ] Hits periodico: 2.191.590 - Ip: 38.107.191.111
Home | Forums | Perfil | Temas activos | Miembros | Buscar | Ayuda | Info
Nombre de usuario:
Contraseña:
Elige el idioma
Guardar contraseña
¿Olvidaste tu contraseña?

 Todos los Foros
 Foro Público
 Historia
 Srila Ramanujacarya - Capítulo 6
 Foro Bloqueado
 Imprimir
Autor Tema Anterior Tema n. 4719 Tema Siguiente  

caitanya
Moderador español

Costa Rica
Envíos 4969

Enviado - 04/07/2009 :  13:59:39  Mostrar perfil  Visitar la web de caitanya  Click para ver la dirección MSN de caitanya
Historias de grandes santos - Cuando Dhanurdasa vio esta revelación de la divina forma del Señor, permaneció transfigurado, mirando sin parpadear a los ojos de Sri Visnu, quien es conocido como Aravindaksa, ‘el Señor de los ojos de loto'.

Capítulo Seis

Instrucciones a los discípulos
Kuresa era uno de los discípulos más íntimos de Ramanuja, y siempre estaba absorto pensando en cómo podría ayudar a su guru en la labor de prédica. Procedía de una rica familia brahmana de Kuragrahara, una pequeña aldea cerca de Kañcipuram. Como era de hecho el terrateniente de toda el área que rodeaba la ciudad de Kura, llegó a ser conocido como Kuresa, el amo de Kura. Se casó con una joven muy cualificada llamada Andal, y juntos utilizaron la inmensa riqueza que él había heredado, usándola en obras de caridad, ayudando a toda la gente pobre de aquella zona.

Había conocido a Ramanuja desde su niñez, y siempre le admiró como una de las personalidades más excelsas. Cuando Yatiraja adoptó la orden de sannyasa, Kuresa y Andal estuvieron entre sus primeros discípulos. Kuresa era muy conocido como un gran erudito, pues cualquier cosa que escuchara aunque sólo fuese una vez, podía recordarla para siempre. Fue con su ayuda, como hemos oído anteriormente, que Yadavaprakasa fue derrotado y se volvió devoto.

Desde el amanecer hasta la medianoche, las puertas de la casa de Kuresa permanecían abiertas, y cualquier hombre pobre que fuese allí recibirá regalos como caridad. Una vez, Laksmidevi, la consorte del Señor Varadaraja, al oír que las puertas de la casa de Kuresa se cerraban, le preguntó a Su sirviente, Kañcipurna, de dónde provenía aquel sonido. Entonces, Kañcipurna le explicó a la Madre Laksmi todas las actividades de Kuresa. “Desde el principio del día hasta la medianoche se presta allí servicio a los pobres, a los cojos y a los ciegos”, le dijo. “Después, las puertas de la casa se cierran hasta la mañana siguiente, para que Kuresa y su esposa Andal puedan descansar un poco. Lo que acabas de oír fue el sonido de las puertas al cerrarse”. Laksmidevi sintió gran deseo de ver a Kuresa después de escuchar esta descripción de labios de Kañcipurna, y le pidió que al día siguiente trajese a aquel devoto a Su presencia.

Al día siguiente muy temprano, cuando Kañcipurna vio a Kuresa, le informó de los deseos de la diosa de la fortuna. Kuresa estaba perplejo, y respondió: “¿Quién soy yo? No soy más que un hombre desagradecido y malvado, mientras que Laksmidevi es la madre del universo, que es adorada con gran reverencia incluso por Brahma y Siva. Se dice que un candala no puede entrar en el templo, y yo, contaminado como estoy por mi riqueza, soy incluso más bajo que cualquier candala. Por lo tanto, ¿cómo puedo presentarme ante Madre Laksmi?”.

La renuncia de Kuresa
Después de hablar de esta manera, Kuresa regresó a su hogar, y tras quitarse sus costosas ropas y ornamentos, se vistió con los harapos de un mendigo. Después se acercó de nuevo a Kañcipurna. “Oh, Mahatma”, dijo, “Yo no puedo desobedecer la orden de la consorte del Señor Narayana, pero no es posible para mí presentarme ante ella ahora, contaminado como estoy por la opulencia y la riqueza. Por lo tanto, me refugiaré en mi guru, Yatiraja, y me purificaré bañándome en el agua que ha lavado sus pies. Quién sabe, si puedo recibir la misericordia de grandes almas como tú, entonces podré ver los pies de loto de Madre Laksmi incluso en esta vida”.

Así pues, Kuresa partió aquel mismo día hacia Sri Rañgam, seguido de cerca por Andal. Ella también había abandonado todo vestigio de opulencia, conservando solamente una copa de oro, con lo cual ofrecía agua a su marido cuando estaba sediento. Tras viajar por algún tiempo, penetraron en un oscuro bosque, y Andal comenzó a tener miedo. “Mi señor”, le dijo a su esposo, “¿hay algo por lo cual debamos atemorizarnos en este desolado lugar?”.

“Es sólo la riqueza lo que causa el temor”, contestó Kuresa. “Si no tienes dinero ni riqueza, no hay nada que temer”. Al oír esto, Andal inmediatamente arrojó lejos la copa de oro.

Al día siguiente, llegaron a Sri Rañgam. Cuando Ramanuja supo esto, enseguida hizo que los trajesen al asrama. Más tarde, después de que descansaron y tomaron prasada, los acomodó en una casa cercana.

Desde entonces, Kuresa vivía en Sri Rañgam, manteniéndose a sí mismo y a su esposa mendigando de puerta en puerta. Aunque había estado acostumbrado a vivir en medio de las mayores opulencias y ahora se encontraba en una condición muy pobre, se consideraba de lo más afortunado, pues ahora podía pasar sus días cantando el santo nombre, hablando sobre las Escrituras y sirviendo los pies de su guru. Andal también estaba completamente satisfecha en la posición en que se encontraba, y nunca se lamentó por la riqueza que había abandonado. Durante su estancia en Sri Rañgam, Kuresa escribió dos libros, un comentario sobre el Sahasra-giti, y otro trabajo más, titulado Kuresa-vijaya.

La pureza de la devoción de Kuresa

Una vez, durante la estación de las lluvias, hubo un aguacero tan torrencial que incapacitó a Kuresa para salir a mendigar, de modo que él y su esposa estaban ayunando durante todo el día. Kuresa no estaba perturbado por el hambre, pero Andal, que siempre estaba absorta en servir a su esposo, se sentía muy triste de verle sin comida. Mentalmente, comenzó a orar al Señor Rañganatha para que proveyese algo para Su devoto, Kuresa. Poco más tarde llamaron a la puerta, y uno de los sacerdotes del templo entró con un plato de maha-prasada que traía como regalo para ellos.

Cuando el sacerdote se fue, Kuresa le preguntó a su esposa: “¿Le has pedido al Señor Rañganatha que nos proveyese? ¿Por qué sino habría enviado Él unos alimentos tan opulentos, cuyo sabor puede reavivar nuestros deseos materiales?”.

Después de que Andal, avergonzada, confesó lo que había hecho, Kuresa le instruyó: “No es correcto que el Señor Se vuelva nuestro sirviente. Lo que ha sido hecho ya no tiene remedio, pero por favor, nunca vuelvas a hacer una cosa así”. Tras decir esto, tomó una pequeña porción de maha-prasada, y le dijo a su esposa que tomase el resto.

Nacimiento de los hijos de Kuresa
Un año más tarde, Andal dio a luz a dos mellizos. Yatiraja estaba muy complacido al escuchar esto, y envió a Govinda para que llevase a cabo el jata-karma, la ceremonia de nacimiento. Cuando la ceremonia acabó, Govinda susurró dos mantras a los oídos de ambos bebés: sriman-narayana-caranau saranam prapadye, “Yo me refugio a los pies de loto del Señor Narayana”, y srimate narayanaya namah, “Yo ofrezco mis reverencias al Señor Narayana”.

Como un regalo para los niños, Ramanuja había forjado en oro las cinco armas del Señor Visnu —la caracola, el disco, la maza, la espada y el arco— de forma que, usándolos, los bebés quedaran protegidos de fantasmas y espíritus malignos. Después de seis meses, Yatiraja llevó a cabo la ceremonia de concesión de nombre para los hijos mellizos de Kuresa”, a quienes llamó Parasara y Vyasa, y también para el hijo del hermano menor de Govinda, a quien dio el nombre de Parankusa-purna.

Ramanuja había hecho tres votos ante el cuerpo de Yamunacarya: Escribir un comenta¬rio vaisnava sobre los Vedanta-sutras, predicar la filosofía del servicio devocional por toda la India, y dar a un discípulo el nombre de Parasara, en honor del orador del Visnu Purana. Ahora, los tres votos estaban cumplidos.

Parasara y el pandita
Desde muy temprana edad, Parasara dio muestras de su genialidad y su extraordinario carácter. Cuando tenía sólo cinco años de edad, un famoso pandita conocido como Sarvajña Bhatta pasó por la carretera frente a la casa de Kuresa, acompañado por muchos discípulos que tocaban tambores y proclamaban las glorias del gran erudito.

Uno de los discípulos anunció: “Aquí está el inigualable pandita, Sarvajña Bhatta. Todos los que deseen convertirse en sus discípulos pueden venir a sus pies sin demora”. Al escucharesto, el niño Parasara se acercó al pandita, llevando en su mano un puñado de polvo. Deteniéndose ante el gran erudito, el niño se dirigió a él de una forma muy atrevida: “Quiero ver si puedes decirme cuántos granos de tierra hay en mi mano. Si realmente eres sarvajña, entonces debes saberlo todo”.

El pandita estaba muy sorprendido al oír la pregunta de Parasara, pero mientras consideraba las palabras del niño pudo ver claramente sus propios defectos, al estar cubierto por el orgullo y la vanidad. Tomando al niño en su regazo, Sarvajña lo besó en la frente y dijo: “Hijo mío, tú eres en verdad mi guru. Tu pregunta me ha hecho ver lo tonto que era al estar tan orgulloso por el conocimiento que había adquirido”.

Tanto Parasara como Vyasa crecieron para convertirse en grandes devotos del Señor Narayana y dedicarse al servicio de Yatiraja. Siguiendo las instrucciones de Ramanuja, Parasara se casó más tarde con dos hijas de la familia de Mahapurna.

La procesión del Señor Rañganatha
El día del festival de Garuda, miles de personas se reunieron en Sri Rañgam para ver a la Deidad. Una gran multitud afluyó hasta la puerta del templo, pues ese día el Señor Rañganatha sale del templo y pasea por la ciudad sobre un palanquín que la tiene la forma de su transportador, Garuda. Los tambores resonaban y las banderas ondeaban, mientras largas hileras de brahmanas cantaban los himnos de los Vedas para hacer que la ocasión fuese doblemente auspiciosa.

Súbitamente, la expresión de los rostros de la multitud que esperaba se hizo aún más expectante, mientras los recitadores de los Vedas comenzaban a avanzar y una procesión salía del patio interior. Primero apareció una brillante bandera roja, situada entre dos largos palos de bambú y decorada con los emblemas de la caracola, el disco y el tilaka vaisnava. Detrás de los brahmanas salieron varios elefantes decorados, todos ellos usando tilaka en sus frentes, moviéndose hacia delante con un paso majestuoso y balanceando sus trompas de un lado a otro. Detrás de los elefantes salió una procesión de carros de bueyes y caballos alegremente decorados y llevando grandes tambores sobre sus espaldas. Después, toda la multitud se estremeció de júbilo al ver salir a un grupo de devotos cantando el santo nombre del Señor Hari y acompañando su canto con diversos tambores y címbalos.

Inmediatamente después del grupo de kirtana apareció el Señor Rañganatha, subido en la espalda de Garuda y acompañado de su eterna consorte, Laksmidevi. El palanquín era transportado por cientos de devotos, mientras los sacerdotes abanicaban al Señor con muchas camaras y expertos cantantes cantaban bhajans alabando Sus gloriosos pasatiempos. Al ver salir al Señor, la multitud se arremolinó alrededor de la puerta lanzando ovaciones de alegría.

Frente a la puerta había sido construido un pabellón, y el Señor descansó allí unos instantes antes de continuar su recorrido. En aquel momento, cientos de devotos aprovecharon la oportunidad para ofrecerle sus regalos —cocos, bananas y aromáticas lámparas de alcanfor. Después de un rato, la procesión continuó, y el sonido del canto de los himnos védicos llevado a cabo por los brahmanas podía oírse en todas las direcciones.

Mientras el Señor se desplazaba por las calles, las amas de casa aparecían en las puertas y ventanas y entregaban frutas, flores y nueces de betel a los sacerdotes, para que éstos a su vez las ofreciesen a los pies de loto del Señor. Tras hacer las ofrendas, el prasada fue devuelto a las mujeres, que fueron bendecidas al recibir en sus cabezas el toque de uno de los yelmos de Señor. Mientras la procesión continuaba, los ojos de todos los presentes estaban fijos en el Señor Narayana y en Laksmidevi, y todos los corazones estaban llenos de devoción.

El encuentro de Dhanurdasa con Ramanuja
Sin embargo, caminando entre la multitud había un hombre que se comportaba de una forma completamente distinta. Era alto y atractivo, con anchos hombros, y parecía vagar sin ningún propósito en particular, siendo arrastrado por la multitud. Con su mano izquierda sostenía un parasol decorado con el cual protegía de los rayos del sol a una hermosa joven. En su mano derecha llevaba un abanico, que movía constantemente para disipar cualquier molestia que ella pudiese sentir debido al calor del sol.

Parecía que la atención del joven estaba tan absorta en la belleza de su joven amiga que era inconsciente de todo lo que estaba sucediendo a su alrededor. Aunque mucha gente cuchicheaba y otros hacían jocosos comentarios al ver tal muestra de afecto en público, el muchacho no se daba cuenta de todo esto, tan grande era su atracción por la belleza de la muchacha.

Tras bañarse en el Kaveri y adorar al Señor Rañganatha, Yatiraja regresaba a su asrama acompañado de sus discípulos, cuando se dio cuenta de la presencia del joven, que caminaba junto a su compañera al otro lado de la carretera. “Dasarathi”, le dijo a su discípulo, “ve y pídele a ese hombre, que está desprovisto de vergüenza y pudor, que venga”.

Rápidamente, Dasarathi cruzó la calle y se dirigió al joven, pero éste estaba tan absorto en la belleza de la muchacha, que tuvo que dirigirse a él varias veces antes de que se percatase de su presencia del brahmana y, uniendo sus palmas como señal de respeto dijo: “Señor, ¿cómo puedo servirte?”.

“Allí está Yatiraja, el gran devoto del Señor Narayana”, respondió Dasarathi, “y desea hablar contigo. Por favor, ven conmigo un momento”.

Al escuchar el nombre del famoso acarya, el joven abandonó a la muchacha y acompañó a Dasarathi hasta el otro lado de la calle, donde estaban los devotos. Tras postrarse a los pies de Yatiraja, permaneció en silencio delante de él, preguntándose por qué este sabio tan famoso quería hablar con él. Por fin, Ramanuja dijo: “¿Qué néctar has encontrado en esa joven, que te ha llevado a abandonar toda vergüenza y pudor? ¿No te has dado cuenta de que, por actuar de esa forma, te has convertido en el hazmerreír de toda la ciudad de Sri Rañgam?”.

“Oh, Mahatma”, contestó el joven, “he visto muchas maravillas en esta Tierra, pero nada que pueda ni siquiera compararse a la encantadora belleza de los luminosos ojos de esa muchacha. Cuando los veo, siento tal atracción que no puedo apartar mis ojos de ella”.

“¿Es ella tu esposa?”, preguntó Yatiraja.

“No, no está casada conmigo”, respondió el joven, “pero aun así, nunca amaré a otra mujer”.

“¿Cuál es tu nombre?”, preguntó Yatiraja.

“Soy conocido como Dhanurdasa”, fue la respuesta, “y soy natural del pueblo de Nichulanagara, donde soy famoso por mi habilidad en la lucha. El nombre de la muchacha es Hemamba”.

“Dhanurdasa”, dijo Yatiraja, “Si te muestro un par de ojos incluso más bellos que los de tu amada, ¿dejarás a esa mujer y amarás a esa otra persona?”

El luchador respondió: “Oh gran alma, si es posible encontrar un par de ojos más cautivadores que los de mi Hemamba, yo sin duda la abandonaré y en su lugar adoraré a la mujer que los posea”.

“Entonces, ven esta tarde a mi asrama”, concluyó Yatiraja, “y quizás podamos solucionar este asunto”.

“Lo que usted diga”, respondió Dhanurdasa respetuosamente. Después, volvió a donde le esperaba la mujer, y continuó caminando junto a ella, sosteniendo todavía el parasol sobre su cabeza.

La liberación de Dhanurdasa
Aquella noche, Ramanuja abandonó el asrama con la única compañía de Dhanurdasa, y caminó con él un corto trecho, hasta llegar a la puerta exterior del templo del Señor Rañganatha. Tras cruzar todas las puertas exteriores, finalmente llegaron ante la Deidad del Señor. Justamente en aquel momento acababa de comenzar el arati, y el sacerdote estaba ofreciéndole una fragante lámpara de alcanfor al Señor y a Su consorte Laksmidevi. Aunque la sala interior del templo era oscura, pues estaba rodeada de muros por todas partes, cuando la lámpara fue ofrecida ante el Señor Rañganatha, su llama efulgente iluminó Sus rasgos trascendentales y se reflejó en Sus hermosos ojos de loto dorados.

Cuando Dhanurdasa vio esta revelación de la divina forma del Señor, permaneció transfigurado, mirando sin parpadear a los ojos de Sri Visnu, quien es conocido como Aravindaksa, ‘el Señor de los ojos de loto. Súbitamente, lágrimas de amor comenzaron a correr por sus mejillas, mientras saboreaba el disfrute real que sólo se encuentra el mundo espiritual. En un instante, toda su atracción por los falsos placeres de esta existencia mundana se disipó, como las estrellas ante la salida del sol.

Después de un rato, Dhanurdasa recobró la compostura y volviéndose hacia Ramanuja, cayó a sus pies, diciendo, “Por su misericordia sin causa, ha hecho desvanecerse el placer más lujurioso de los hombres, buscado incluso por los semidioses en el cielo. Ahora soy su sirviente para siempre. Como un buho en la noche, me había apartado del sol, atraído por brillo de una luciérnaga. Ahora, usted ha abierto mis ojos, por lo tanto, es mi maestro”.

Ramanujacarya levantó a Dhanurdasa y lo abrazó firmemente. Desde aquel momento, el joven luchador abandonó todo su enredo en los asuntos materiales, y se volvió un devoto puro del Señor Narayana. Hemamba, por su parte, aunque cortesana de profesión, había considerado a Dhanurdasa como su marido. A pesar de su pecaminosa ocupación, era en realidad una gran devota del Señor Narayana. Por lo tanto, al saber la transformación que Dhanurdasa había sufrido, se sintió muy feliz, y también fue a entregar su vida a los pies del misericordioso acarya.

Yatiraja hizo los arreglos necesarios para su matrimonio, y con sus puras instrucciones, eliminó de sus corazones toda contaminación de lujuria. Ellos abandonaron Nichulanagara y fueron a Rañga-ksetra, donde alquilaron una casa muy cerca del asrama de Ramanuja. De esta forma, tenían la oportunidad de asociarse con su maestro espiritual, y oír de sus labios las nectáreas enseñanzas vaisnavas.

La envidia de los discípulos brahmanas
Debido a su devoción por su guru, su humildad, su honestidad y su amable diálogo, todos comenzaron a respetar a Dhanurdasa. Con el fin de mostrar que es el comportamiento de una persona lo que se debe considerar y no su nacimiento, Ramanuja tomaba el brazo de Dhanurdasa mientras regresaban del Kaveri, aunque tomaba el brazo de Dasarathi, un brahmana de nacimiento, mientras caminaban hacia el río. Cuando los jóvenes discípulos de Yatiraja observaron los tratos íntimos de su guru con una persona de bajo nacimiento, algunos de ellos se perturbaron, e incluso se atrevieron a decir que su comportamiento no era adecuado.

Comprendiendo la confusión que se albergaba en los corazones de sus discípulos, Ramanuja decidió darles una lección que les llevaría a entender correctamente el carácter de un vaisnava. Una noche, mientras todos dormían, Ramanuja se levantó y cortó una tira a cada uno de los dhotis que estaban secándose. A la mañana siguiente, cuando los brahmanas se dieron cuenta de lo que había sucedido, surgió entre ellos una gran discusión, en la que cruzaron acusaciones e insultos mutuos. Finalmente, Yatiraja tuvo que intervenir personal¬mente para restablecer la calma.

Los brahmanas aprenden la lección
Aquella tarde, Ramanuja llamó a varios de sus discípulos, y les dijo: “Estoy seguro de que todos habéis podido observar que mi discípulo Dhanurdasa está viviendo como un hombre de familia apegado a pesar de ser un gran devoto. Esta tarde, como de costumbre, él vendrá a hablar conmigo. Mientras yo le entretengo aquí, hablando de las Escrituras, debéis ir a su casa y robar las joyas que tan aficionado está a usar para decorar a su esposa. Así, podremos ver claramente la magnitud de sus apegos”.

Los discípulos aceptaron felizmente esta propuesta, y se pusieron en camino para llevar a cabo la orden de su guru tan pronto como Dhanurdasa llegó al asrama. Cuando llegaron a la casa, encontraron a Hemamba durmiendo dentro. Como la puerta no estaba cerrada, pudieron entrar sin dificultad. Después, silenciosamente, y con toda la suavidad posible, comenzaron a quitarle a la esposa de Dhanurdasa todos sus ornamentos dorados. En realidad,

Hemamba no estaba durmiendo, y era plenamente consciente de todo lo que ocurría, pero aparentó estar inmersa de un profundo sueño, para no causar ninguna perturbación a los brahmanas.

Cuando todas las joyas fueron arrancadas de un lado de su cuerpo, Hemamba se dio la vuelta mientras fingía dormir, para que así los brahmanas también pudiesen coger las joyas que decoraban la otra parte de su cuerpo. Sin embargo, en aquel momento, los brahmanas se alarmaron y, temiendo que iba a despertarse, abandonaron inmediatamente la casa y regresaron al asrama. Allí informaron de lo ocurrido a Ramanuja, quien llamó a Dhanurdasa y le dijo que debía volver a casa, pues ya era muy tarde.

Cuando el luchador se fue, Ramanuja instruyó a sus discípulos, “ahora, seguid a Dhanurdasa hasta su casa, y así podréis ver cuál es la reacción de Dhanurdasa ante la gran pérdida que han sufrido él y su esposa”.

Los jóvenes siguieron la orden de su guru, y cuando Dhanurdasa entró en su casa, se quedaron observando y escuchando desde un lugar oculto muy cercano. Al entrar en la casa, Dhanurdasa enseguida se dio cuenta del aspecto anormal de su esposa, y preguntó, “¿cómo es que estás usando joyas sólo en un lado? ¿Dónde están las otras?”.

“Algunos brahmanas vinieron aquí mientras tú estabas fuera”, contestó Hemamba. “Sin duda, debido a su extrema pobreza, se han visto forzados a actuar como ladrones. En aquel momento, yo descansaba, repitiendo mentalmente los nombres del Señor, pero ellos pensaron que estaba dormida y entraron en la habitación, cogiendo todas las joyas de un lado. Cuando terminaron de hacer esto, me di vuelta para que pudiesen coger el resto de mis joyas, pero, desgraciadamente, ellos se alarmaron por mi movimiento y huyeron de la casa”.

“Este fue tu error”, exclamó Dhanurdasa. “Aun no estás totalmente libre de la ilusión, porque estabas pensando, ‘Estas son mis joyas. Yo las regalaré’. ¿Cuándo abandonarás esa idea y te darás cuenta de que todo es propiedad del Señor Narayana? Si no te hubieses movido, hubieses podido dárselo todo a los brahmanas”.

Hemamba reconoció su falta, y le pidió a su esposo: “Por favor, bendíceme para que algún día pueda liberarme de esta ilusión”.

Tras presenciar todo esto, los jóvenes brahmanas regresaron al asrama y le describieron a Ramanuja el comportamiento de aquella pareja de devotos. Puesto que ya era muy tarde, les dijo que fueran a descansar, pero al día siguiente habló ampliamente del asunto con ellos cuando se reunieron ante él para estudiar las Escrituras. “Todos vosotros sois muy eruditos”, dijo, “pero estáis muy orgullos de vuestra posición como brahmanas. Así pues, decidme cuál es el comportamiento más correcto para un brahmana —¿el que vosotros mostrasteis ayer por la mañana, cuando encontrasteis vuestras ropas un poco más cortas, o el de Dhanurdasa y su esposa cuando sus joyas fueron robadas?”.

Los discípulos no pudieron hacer otra cosa que inclinar sus cabezas avergonzados y decir, “Maestro, el comportamiento de Dhanurdasa fue el más apropiado para un brahmana, mientras que el nuestro fue abominable”.

“Por lo tanto”, continuó Yatiraja, “debéis entender que lo importante no es el nacimiento ni la casta. Son las cualidades las que muestran quién está caído, sin tener en cuenta la posición social. Ahora, abandonando todo el orgullo de vuestro nacimiento como brahmanas, esforzaos por servir al Señor Narayana con un corazón puro. Esa es la única senda de la perfección”.

Las críticas contra Mahapurna
Poco tiempo después del incidente con Dhanurdasa y los discípulos brahmanas, Ramanuja se enteró de que su guru, Mahapurna, había llevado a cabo la ceremonia de cremación de un sudra, y como resultado de esto, mucha gente estaba criticándole por transgredir las reglas que rigen el comportamiento de un brahmana. Al escuchar esto, Ramanuja fue en seguida a la casa de Mahapurna, para escuchar de él la verdad que había detrás de todas aquellas acusaciones. Cuando llegó a la casa de su guru, vio que todos los familiares de Mahapurna le habían abandonado, considerándole caído, y que ahora solamente era servido por su hija, Attulai, quien había venido de la casa de su suegro.

Cuando Yatiraja le preguntó acerca de los hechos, Mahapurna respondió: “Sí, es cierto que, según los Dharma-sastras, mi comportamiento es incorrecto. Pero ¿cuál es el verdadero dharma. El Mahabarata declara: mahajano yena gatah sa panthah —el verdadero dharma consiste en seguir el ejemplo dado por las grandes personalidades. Ahora, considera el ejemplo de Sri Ramacandra, pues él llevó a cabo la ceremonia funeraria de Jatayu, quien sólo era un pájaro. Después, tenemos el ejemplo del rey Yudhisthira, quien adoró a Vidura, que por su nacimiento era considerado un sudra. ¿Por qué ellos actuaron de esa forma? La respuesta es que un devoto del Señor, puesto que está liberado incluso mientras está en este mundo, es trascendental a toda consideración de familia o casta. Ningún acto irreligioso es posible para Sri Rama o para el rey Yudhisthira. Ese devoto cuyo cuerpo fue quemado era un sirviente puro del Señor, y yo me considero muy afortunado de haber podido prestarle ese servicio”. Muy complacido al escuchar las palabras de Mahapurna, Yatiraja se postró a sus pies y le pidió perdón por su imprudencia al cuestionar las actividades de su guru.

Mahapurna y Ramanuja
Una vez, Mahapurna fue ante Yatiraja y se postró a sus pies. Viendo que Ramanuja continuaba sentado, sin sentir ni el más mínimo embarazo ante el comportamiento de su guru, algunos devotos, sorprendidos, le preguntaron: “Yatiraja, ¿cómo puedes permitir que tu guru se incline ante ti sin inmutarte?”.

“Mi maestro espiritual actuó de esa forma para mostrar cómo un discípulo fiel debe comportarse ante su guru. Si Mahapurna tiene algún propósito que cumplir al llevar a cabo esas actividades, yo no estoy en posición de interferir con sus deseos”.

Más tarde, los devotos le preguntaron a Mahapurna por qué le había ofrecido reverencias a un discípulo, y él les explicó: “Yo puedo ver constantemente en Yatiraja la personificación de mi propio guru, Sri Yamunacarya, y por lo tanto, no puedo evitar postrarme ante él”. Al oír esto, todos pudieron comprender incluso más profundamente la grandeza de Ramanujacarya.

La instrucción de Gosthipurna
En otra ocasión, Ramanuja observó a Sri Gosthipurna meditando a puerta cerrada en una habitación. Al final del día le preguntó: “Oh maestro, ¿en qué forma del Señor has fijado tu mente, y con qué mantra Le adoraste?”.

“He adorado únicamente los pies de loto de Yamunacarya, mi guru-maharaja”, contestó Gosthipurna, “y su santo nombre es el único mantra que yo canto, porque otorga la libera¬ción de todo sufrimiento”.

Al oír esta declaración, Ramanuja pudo comprender la importancia de adorar a los devotos del Señor.

  Tema Anterior Tema n. 4719 Tema Siguiente  
 Foro Bloqueado
 Imprimir
Ir a:
[ Isvara Periodico ES ] © 1995-2010 ISVARA Inc Network. All Rights Reserved Worldwide. Ir al inicio de la página
 Image Forums 2001 Page generated in 0,39 sec. Snitz Forums 2000