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[ Isvara Periodico ES ] - Srila Yamunacarya
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 Srila Yamunacarya
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caitanya
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Enviado - 16/05/2009 :  18:06:50  Mostrar perfil  Visitar la web de caitanya  Click para ver la dirección MSN de caitanya
Historia de grandes santos - ¡Oh! ¡Ay de mí! Todos estos años he desperdiciado mi vida, con mi mente y mi inteligencia absortas en pensamientos de lujuria y riqueza. ¿Cuándo llegará el día en que pueda ser capaz de apartar esas cosas inútiles de mi corazón y fijar por completo mi mente en los pies de loto de Sri Krishna?”.-

Capítulo Uno


Yamunacarya
En el sur de la India han aparecido muchos grandes devotos para expandir las glorias del Señor. De todos estos devotos, quizás el más famoso es Sri Ramanujacarya, cuya vida es el tema de este libro. Sin embargo, justamente antes de Ramanuja vivió otro gran vaisnava cuya vida y enseñanzas ejercieron una gran influencia sobre Ramanujacarya, aunque de hecho nunca llegaron a encontrarse. Este fue Yamuna, también conocido como Alabandaru, “el conquistador”. Sería adecuado, antes de comenzar la biografía de Ramanujacarya, echar un breve vistazo a la vida de esta gran alma, el ilustre escritor del famoso Stotra-ratna.

Yamuna nació aproximadamente el 918 D.C. en la ciudad de Madurai, en el sur de la India, la cual era, en aquel entonces, la capital de los poderosos reyes Pandya. Su abuelo era un famoso erudito y devoto conocido como Nathamuni, que también era conocido por sus habilidades místicas y su experiencia en la práctica del astañga-yoga. Nathamuni fue el primero en recopilar y poner música a las canciones de Nammalvara, un famoso devoto del sur de la India.

El hijo de Nathamuni era un atractivo e inteligente joven llamado Isvaramuni, que se casó con una bella y joven muchacha. Poco después de la boda, Isvaramuni, junto con su esposa y sus padres, partió para visitar los lugares santos en un peregrinaje por el norte de la India, incluyendo Vrindavana, el lugar de nacimiento de Sri Krishna. Pocos meses después de regresar de este peregrinaje, la esposa de Isvaramuni dio a luz un niño y, en memoria del sagrado río que fluye a través de Vrndavana, Nathamuni le dio el nombre de Yamuna.

Sin embargo, la dicha de la joven pareja duró poco, pues unos años después del nacimiento del niño, Isvaramuni abandonó este mundo, dejando viuda a su joven esposa.

Nathamuni estaba tan afligido por la inesperada muerte de su hijo que decidió abandonar todos los asuntos de este mundo. Dejó a su esposa y a sus parientes y aceptó la vida de un renunciado sannyasi, consagrándose plenamente a la adoración de Sri Visnu. Así pues, a una edad muy temprana, Yamuna quedó al cuidado de su madre y de su anciana abuela, llevando una vida de gran pobreza.

El desafío
Cuando tenía cinco años, Yamuna fue a estudiar a la escuela de Bhasyacarya, y rápidamente se ganó el afecto de su maestro, tanto por su dulce naturaleza como por su habilidad para aprender rápidamente. Se dedicó al estudio con gran determinación, y a los doce años era el mejor estudiante de Bhasyacarya.

En la India de aquellos días era común que los grandes eruditos se desafiaran entre sí para medir su erudición en las Escrituras védicas y su experiencia en la ciencia de la lógica. Mientras Yamuna estaba estudiando en la escuela de Bhasyacarya, había un gran erudito que vivía en la corte del rey Pandya. Su nombre era Kolahala, y era el gran favorito del rey, pues podía derrotar en debate a cualquier otro erudito. De hecho el rey había decretado una ley según la cual todo erudito que fuese derrotado por Kolahala debía pagar un impuesto anual al pandita. Si alguien se negase a pagar, sería condenado a muerte.

El maestro de Yamuna, Bhasyacarya, también había sido derrotado por Kolahala, y por tanto también estaba obligado a pagar dicho impuesto. Sin embargo, puesto que era muy pobre, no había sido capaz de pagar el impuesto durante los últimos dos años.

Un día, cuando Bhasyacarya estaba fuera y todos los estudiantes se habían ido a casa, Yamuna se quedó solo en la escuela. En ese momento, uno de los discípulos de Kolahala llegó con la intención de recaudar el impuesto adeudado por Bhasyacarya. “

“¿Dónde está tu maestro?”, demandó con tono arrogante, cuando vio a Yamuna solo en la escuela. “¿Podría saber quién lo ha enviado aquí, señor?”, respondió el niño con voz muy gentil, ansioso de no cometer ninguna ofensa. “¿Qué?”, exclamó el emisario. “¿No sabes que soy discípulo del sabio más grande y erudito de toda la India? Kolahala es el terror de todos los grandes eruditos, e incluso el rey Pandya es su obediente siervo. Todos los sabios derrotados por el gran Kolahala deben pagarle un impuesto anual, so pena de perder sus vidas. ¿Acaso tu maestro ha enloquecido, negándose a pagar durante dos años? ¿O es que intenta desafiar de nuevo a mi maestro, como una polilla que se precipita hacia un fuego ardiente?”.

Por naturaleza, Yamuna era muy bondadoso y difícilmente discutía con sus compañeros de escuela. Sin embargo, sentía un gran amor y respeto por su maestro. Por lo tanto, cuando escuchó hablar de Bhasyacarya de esa forma tan despectiva, sintió tanto dolor en su corazón que no pudo refrenarse y, dirigiéndose al mensajero de Kolahala, le dijo con toda su fuerza: “Cuan tonto eres, y cuan tonto es tu maestro pues, ¿quién sino el más grande de los tontos entrenaría a su discípulo para desarrollar un orgullo tan monumental, en lugar de apartar esos defectos de su corazón? ¿Por qué debería mi noble maestro desperdiciar su tiempo debatiendo con ese hombre? Ve y dile a tu maestro que el más bajo de los discípulos del gran Bhasyacarya le desafía a un debate. Si se atreve a enfrentarse conmigo, que envíe su respuesta inmediatamente”.

Preparativos para el debate
El discípulo de Kolahala estaba tan aturdido que no pudo responder, y se fue, lleno de ira, a informar a su maestro acerca de este insulto. Cuando Kolahala escuchó lo que había ocurrido, no pudo hacer otra cosa sino reír, al enterarse de la edad de su rival. El rey Pandya decidió enviar a otro mensajero al muchacho para ver si estaba loco y —si su propuesta de debate era seria— traerlo inmediatamente. Cuando el mensajero real llegó y le comunicó a Yamuna la orden del rey, el muchacho respondió: “Ciertamente obedeceré el mandato de Su Majestad el rey, pero si he de ser aceptado como un rival apto para el gran Kolahala, entonces se debería enviar un séquito para que me lleve al palacio”.

Después de comentar la respuesta de Yamuna, el rey y sus cortesanos estuvieron de acuerdo en que la afirmación del muchacho era correcta, y enviaron un costoso palanquín y cien soldados para que lo trajeran a palacio. Entretanto, las noticias de estos eventos se habían difundido por toda la ciudad de Madurai, y Bhasyacarya, mientras regresaba a su casa, escuchó toda la historia. Se sintió muy triste al saber el peligro al que se enfrentaba su estudiante favorito pues, aunque el rey era generoso por naturaleza, era bien sabido que trataba muy severamente a aquellos que insultaban al pandita de la corte.

Sin embargo Yamuna no estaba preocupado ni lo más mínimo. “Venerado señor, no hay razón por la que debas alarmarte” dijo para consolar a su maestro cuando éste regresó a la escuela, “pues puedes estar seguro de que por tu gracia aplastaré el orgullo de Kolahala”.

Mientras hablaban así entre ellos, los hombres del rey, trayendo consigo un palanquín, llegaron a la escuela. Yamuna adoró los pies de su guru y subió tranquilamente al palanquín, preparándose así para el gran debate que estaba a punto de comenzar. Una gran multitud se había reunido a ambos lados del camino, pues era algo inaudito que un niño de doce años desafiase al pandita de la corte. Así pues, todos querían ver a aquel maravilloso niño. Los brahmanas, muchos de los cuales habían sido derrotados por Kolahala, le ofrecían bendiciones, diciendo: “Que derrotes a ese insolente pandita, al igual que Visnu en la forma de un brahmana enano derrotó a Bali Maharaja, el rey de los asuras”.

Mientras tanto, en la corte real surgió una diferencia de opinión entre el rey y la reina acerca de Yamuna. El rey dijo: “Al igual que un gato juega con un ratón, Kolahala derrotará y destrozará al niño”.

Pero la reina era más considerada, pues comprendía que Yamuna no era un niño ordinario. “Así como una pequeña chispa”, dijo, “puede reducir a cenizas una montaña de ropa, así este niño destruirá el orgullo como una montaña de Kolahala”.

“¿Cómo puedes creer que eso es posible?” exclamó el rey, sorprendido. “Si realmente tienes fe en ese niño, debes hacer una apuesta para respaldar tus palabras”.

“Muy bien”, respondió la reina, “haré una apuesta. Si el niño no derrota y humilla el orgullo de Kolahala, me convertiré en la sirvienta de tu sirvienta”.

“Ciertamente, es una apuesta considerable”, dijo el rey, “pero yo la igualaré. Si —como tú dices— el niño derrota a Kolahala, le daré la mitad de mi reino”.

Mientras el rey y la reina intercambiaban apuestas de esta manera, el palanquín llegó y Yamuna entró en el palacio. Cuando Kolahala lo vio, miró a la reina y sonrió sarcásticamente. “Alabandaru” dijo, insinuando '¿este es el niño que me va a derrotar?'.

El debate
Cuando ambos contendientes estuvieron sentados, Kolahala comenzó el debate planteándole a Yamuna algunas preguntas sencillas sobre gramática sánscrita. Sin embargo, cuando vio que el niño podía responderlas con facilidad, comenzó a presentar problemas gramaticales verdaderamente difíciles; pero aun así, Yamuna los solucionó todos sin ninguna dificultad.

Entonces, Yamuna se dirigió al gran pandita con una burlona sonrisa en sus labios: “Como tan sólo soy un niño, está insultándome al hacerme preguntas tan sencillas. Recuerde que Astavakra no era mayor que yo cuando derrotó a Bandi en la corte del rey Janaka. Si juzga la erudición de una persona de acuerdo a su tamaño, entonces, el búfalo de agua sería un erudito más grande que usted”.

Aunque Kolahala escuchó todas estas palabras, controló su ira y respondió sonriendo: “Buena respuesta. Ahora te toca a ti preguntar”.

“Muy bien”, respondió Yamuna. “Le presentaré tres declaraciones y, si puede contradecirlas, aceptaré la derrota”. Kolahala aceptó, y se preparó para revocar las afirmaciones de Yamuna. “Mi primera declaración es la siguiente”, dijo Yamuna clara y osadamente. “Su madre no es estéril. Contradiga esta declaración, si es que puede”.

Al escuchar esto, Kolahala permaneció en silencio. “Si mi madre fuera estéril, yo nunca hubiera podido nacer”, pensó. “¿Cómo es posible contradecir esa afirmación?”. Viendo a Kolahala silencioso como un mudo, todos los cortesanos estaban atónitos. Aunque el gran pandita trató de ocultar su ansiedad, no pudo impedir que un ligero rubor asomase a sus mejillas.

Yamuna habló de nuevo: “Señor, si a pesar de su inteligencia, que todo lo conquista, es incapaz de contradecir mi primera afirmación, por favor escuche la segunda: 'El rey Pandya es supremamente honrado'. Contradiga esta afirmación, si es que puede”. Al escuchar esto, Kolahala estaba profundamente perturbado, al sentir su inminente derrota. ¿Cómo podría negar aquella afirmación del niño, estando el rey sentado frente a él? De nuevo permaneció en silencio, mientras su cara perdía su color natural y a duras penas podía controlar su ira.

Yamuna habló de nuevo: “He aquí mi tercera declaración: Que la esposa del rey Pandya es tan casta y fiel a su esposo como lo era Savitri. Contradiga esta afirmación, si puede”.

Viendo como nuevamente había sido puesto en un aprieto por el inteligente niño, Kolahala no pudo contener su ira ni un momento más. “¡Sinvergüenza!”, gritó, “¿cómo podría un súbdito leal decir que su rey no es honrado y que la reina es infiel a su esposo? Es verdad que no he podido responder a tus declaraciones, pero eso no quiere decir que haya sido derrotado. Antes debes contradecir tus propias declaraciones, y si no eres capaz de ello, tendrás que morir, ya que tus palabras implican una falta de lealtad hacia tu rey y tu reina”. Cuando Kolahala pronunció estas palabras, todos sus discípulos y seguidores se pusieron eufóricos, mientras que todos los que estaban de parte de Yamuna gritaron: “¡No, Kolahala ha sido derrotado! Simplemente está desahogando su ira, pues no ha podido contradecir las declaraciones de Yamuna, tal como había prometido”.
De esta manera, surgió una gran discusión en el palacio, pero en medio de aquel enfrentamiento, Yamuna los tranquilizó a todos, al decir: “Por favor, dejen de discutir, es innecesario. Yo mismo refutaré mis propias declaraciones, una por una. Por favor, escúchenme”. Al escuchar esto, todos guardaron silencio y dirigieron su atención hacia Yamuna, preguntándose cómo sería posible hacer eso sin ofender al rey y a la reina.

“Mi primera declaración”, continuó Yamuna, “era que la madre de nuestro gran pandita no era una mujer estéril. Sin embargo, en el Manu-sarmhita se afirma que una mujer que sólo ha tenido un hijo debe considerarse estéril. Puesto que su madre sólo ha dado a luz a un hijo, incluso aunque sea de un mérito tan grande como el suyo, según el Sastra debe considerarse que es una mujer estéril.

“En segundo lugar, declaré que el rey Pandya es perfectamente honrado. No obstante, el Manu-Samhhita afirma que un rey disfruta del beneficio de una sexta parte de las actividades virtuosas de sus súbditos, pero también tiene que cargar con una sexta parte de sus actividades pecaminosas. Debido a que en la actual era de Kali los hombres son más propensos al pecado que a la piedad, se debe concluir que nuestro rey —aunque es inmaculado en lo que respecta a su carácter personal— está soportando la pesada carga de muchas actividades pecaminosas.

“Y en lo que se refiere a mi tercera declaración, afirmaba que la reina es tan casta y fiel como Savitri. Pero una vez más, si consultamos las leyes de Manu, se dice que el rey es el representante de Agni, Vayu, Surya, Candra, Yama, Kuvera, Varuna e Indra. Por lo tanto, la reina no está casada sólo con un hombre, sino que está casada con estos ocho semidioses. Así pues, ¿cómo se puede decir que es casta?”.

Al escuchar estas maravillosas respuestas, todos quedaron maravillados y la reina, llena de júbilo, gritó: “¡Alabandaru! ¡Alabandaru! ¡Ha vencido! ¡Ha vencido!”. El rey inmediata¬mente se adelantó y abrazó a Yamuna. “Al igual que con la salida del sol”, dijo, “todas las insignificantes estrellas se desvanecen, de la misma manera tú, ¡oh erudito Alabandaru!, has vencido al orgulloso Kolahala con tu erudición y tu destreza. Este individuo hace un momento estaba pidiendo tu muerte; ahora puedes tratarlo como creas conveniente. Yo también he prometido darte la mitad de mi reino como premio a tu victoria, y cumpliré esa promesa”.

Por supuesto, Yamuna perdonó a Kolahala y, aunque sólo era un niño de doce años, comenzó inmediatamente a gobernar el reino que había ganado. Así sus días de pobreza se acabaron.

Yamunacarya, rey
Cuando Yamuna se convirtió en el rey de la mitad del reino de los Pandyas, algunos de los reyes vecinos vieron esto como una excelente oportunidad para invadir y saquear sus tierras. Cuando se enteró de esto a través de sus espías, el rey niño los atacó con un fuerte ejército antes de que ellos se preparasen, y los obligó a rendirse a él.

De esta manera expandió sus dominios y comenzó a gobernar su reino. Desafortunadamente, aunque era un monarca astuto y justo, debido a los tratos políticos y a los placeres sensuales que conlleva una elevada posición, Yamuna se distrajo de su comprensión espiritual. Olvidó que esta vida no es sino un período temporal de nuestra existencia, y gradualmente abandonó sus actividades devocionales hacia Sri Visnu.

E1 ardid de Rama Misra
Mientras tanto, Nathamuni, el abuelo de Yamuna, dejó este mundo para regresar a los pies de loto del Señor. Él siempre había sentido un gran afecto por Yamuna, y estaba muy afligido al escuchar como su querido nieto había abandonado el sendero de la devoción para dedicarse al disfrute de los placeres sensuales. Por lo tanto, cuando estaba en su lecho de muerte llamó al principal de sus discípulos, Rama Misra, y le manifestó su último deseo: “Mi querido nieto Yamuna, que es conocido como Alabandaru, ha olvidado la grandeza y la gloria de Sri Visnu, viéndose atraído por los placeres efímeros de este mundo temporal. Ahora, yo estoy preparándome para abandonar mi vida, y ya no puedo hacer nada para liberarlo. Por tanto, es mi último deseo que salves a mi nieto de la oscuridad de la ignorancia en la que ahora se halla inmerso. Lo dejo a tu cuidado”.

Rama Misra, siendo un discípulo muy leal, nunca olvidó esta última instrucción de su guru-maharaja. Por lo tanto, varios años después, cuando Yamuna tenía treinta y cinco años, fue a su palacio con la intención de concertar una entrevista. Sin embargo, al llegar allí, vio que la puerta del palacio estaba atestada de carros y soldados de diversos reyes. Incluso poderosos caballeros tenían que esperar durante mucho tiempo antes de poder tener una audiencia con el poderoso Alabandaru. Siendo un pobre mendigo sannyasi, Rama Misra pudo comprender que tenía muy pocas posibilidades de llegar a ver a Yamuna, y que tendría que urdir un plan para llevar a cabo su misión.

Además de ser un gran devoto y predicador, Rama Misra era muy erudito en la ciencia del Ayur-veda. Existe un cierto tipo de espinaca, conocida con el nombre de tuduvalai, que crece en el sur de la India. Esta tuduvalai es famosa por la capacidad que tiene para hacer que se desarrollen en quien la toma las cualidades de la bondad, haciendo que su mente se pacifique y se serene. Rama Misra descubrió que cerca del palacio crecían algunas de estas plantas. Recogió las hojas verdes y se las llevó al cocinero principal de la cocina real.

Cuando el cocinero vino a verle, Rama Misra se dirigió a él de la siguiente manera: “Que Sri Narayana te bendiga. Te ruego que, por favor, sirvas cada día estas hojas de tuduvalai al rey, ya que es bien sabido que es un hombre muy piadoso. Por comer estas espinacas desarrollará sus cualidades bondadosas y además aumentará la duración de su vida. Cada día te traeré algunas”.

El cocinero resultó ser un hombre piadoso que conocía el valor de la planta tuduvalai, y felizmente aceptó la propuesta de Rama Misra.

Así, cada día durante dos meses, Rama Misra llevó las hojas verdes de la planta tuduvalai a la cocina real, y cada día éstas eran servidas a Yamuna, el cual las apreciaba mucho. Cuando Rama Misra escuchó esto, un día deliberadamente se abstuvo de ir. Cuando el rey vio que la preparación de tuduvalai no estaba en su plato, llamó al cocinero. “¿Por qué no me has cocinado hoy esa preparación de espinacas?”, preguntó.

“Su Majestad”, respondió el cocinero, “hoy no vino el sadhu que usualmente trae las espinacas”.

“¿Quién es ese sadhu, y qué pide a cambio de su servicio?”, preguntó Yamuna.

“Mi señor”, respondió el cocinero, “yo no sé el nombre ni el paradero de ese sadhu. Él no acepta nada a cambio de su servicio, y lo hace únicamente debido al amor y el aprecio que siente hacia Su Majestad”.

Al escuchar esto, Alabandaru le dijo al cocinero: “Si vuelve ese hombre, muéstrale el debido respeto y tráelo ante mí”.

Al día siguiente, Rama Misra llevó de nuevo las hojas de tuduvalai a la puerta de la cocina, y el cocinero inmediatamente lo llevó ante Yamuna. Viendo ante él al piadoso brahmana, el rey estaba muy complacido, y dijo: “Santo sabio, yo soy su sirviente. Por favor, acepte mis reverencias a sus pies. He escuchado que cada día recoge tuduvalai para mí y no acepta nada a cambio de ese servicio. ¿Hay algo que pueda hacer por usted?”.

Al escuchar esto, Rama Misra dijo: “Tengo algo muy importante que decirte, pero debe ser en privado”. Cuando el rey le pidió al cocinero que se marchara, continuó: “Hace algunos años, tu abuelo, el renombrado Nathamunt, dejó este mundo y regresó a Vaikuntha. Sin embargo, antes de partir me confió un valioso tesoro para que te lo entregase a su debido tiempo. Ahora te pido que aceptes ese tesoro”.

Yamuna se sintió muy complacido al escuchar estas palabras, pues en ese entonces estaba preparando una campaña contra un rey rebelde y tenía necesidad de dinero. Consciente de que su abuelo había sido una persona muy maravillosa, no dudó de las palabras del sadhu. Con gran deleite se dirigió a Rama Misra: “Señor, ciertamente usted es una persona muy santa, al ser tan renunciado y no haberse quedado con ese tesoro para usted. Ahora, por favor, dígame dónde se encuentra”.

Rama Misra respondió: “Si me sigues, te llevaré a ese lugar. Está guardado tras siete muros, entre dos ríos, y está custodiado por una gran serpiente. Y cada doce años un demonio viene del sur para inspeccionar el tesoro, que está protegido por un mantra. A través del poder del mantra, el tesoro te será revelado”.

La conversión de Yamunacarya
Alabandaru no pudo comprender el verdadero significado de las palabras de Rama Misra y —ansioso de conseguir el tesoro— dijo: “Estoy dispuesto a ir allí inmediatamente junto con cuatro divisiones de mi ejército. Por favor, sea nuestro guía”.

“Es mejor que vayamos solos”, respondió Rama Misra, “no es aconsejable que se reúnan muchas personas en ese lugar”.

El rey aceptó la propuesta, y —habiendo hecho arreglos para la administración del reino en su ausencia— se preparó para ir con el sadhu. Dejando atrás la ciudad de Madurai, viajaron hacia el norte. Al mediodía, mientras descansaban protegiéndose del calor del sol, Rama Misra comenzó a recitar los versos del Bhagavad-gita.

Habían pasado muchos años desde que Yamuna había leído y estudiado esta gran Escritura, y mientras había ocupado la posición de rey, las sublimes enseñanzas del Gita se habían ido muy lejos de su corazón. Pero ahora, a medida que escuchaba la dulce voz de Rama Misra poniendo de manifiesto las palabras de Sri Krishna, comenzó a comprender la naturaleza ilusoria de su posición como rey y a darse cuenta de cómo había estado perdiendo de vista la verdadera meta de la vida. Cuando Rama Misra terminó de cantar los dieciocho capítulos de la Bhagavad-gita, Yamuna cayó a sus pies y rogó: “Por favor, acépteme como su sirviente, para que de ese modo pueda saborear continuamente el dulce néctar de las palabras de Sri Krishna. Ahora, a medida que lo escucho, todos los placeres de mi vida mundana me parecen insignificantes”.

Al escuchar esto, Rama Misra sonrió y dijo: “Si tienes unos días libres, ¿por qué no te quedas un tiempo aquí y estudias el Gita conmigo?”.

Ahora que un gusto por el verdadero sabor de la vida había resurgido en el corazón del rey, su interés por los asuntos materiales había disminuido. “De todos los deberes que pueda tener en este mundo”, respondió, “el deber más importante de todo hombre es comprender el verdadero significado de la Bhagavad-gita”'.

Así permanecieron en aquel lugar solitario casi una semana, y cada día Rama Misra hablaba sobre las sublimes enseñanzas del Gita, mientras Yamuna escuchaba atentamente. Con cada palabra del sadhu, el apego del rey por su opulencia material disminuía. Esto es natural, pues una vez que una persona se vuelve consciente de la gloria y dulzura del Señor Supremo Sri Krishna, en comparación los placeres de este mundo parecen inútiles o despreciables. Cuando Rama Misra llegó al verso ocho del Capítulo Doce recitó, con la voz entrecortada por las lágrimas:

cita:
mayy eva mana adhatsva mayi buddhim nivesaya
nivasisyasi mayy eva ata urdhvam na samsayah


“Tan sólo fija la mente en Mí, la Suprema Personalidad de Dios, y ocupa toda
la inteligencia en Mí. Así, siempre vivirás conmigo, sin ninguna duda”.



Al escuchar este maravilloso verso, Yamuna se llenó de remordimiento y exclamó: “¡Oh! ¡Ay de mí! Todos estos años he desperdiciado mi vida, con mi mente y mi inteligencia absortas en pensamientos de lujuria y riqueza. ¿Cuándo llegará el día en que pueda ser capaz de apartar esas cosas inútiles de mi corazón y fijar por completo mi mente en los pies de loto de Sri Krishna?”.

Al darse cuenta de la pureza de aquellos sentimientos, Rama Misra consoló al rey, diciendo, “Majestad, tu mente pura reposa sólo en los pies de loto del Señor. Sólo por un corto período de tiempo ha sido cautivada por deseos mundanos, al igual que una pequeña nube oscurece los rayos del sol durante un pequeño período de tiempo. Ahora, esa nube casi se ha ido, y el sol brillará de nuevo y disipará la oscuridad de tu corazón”.

En ese instante, Alabandaru decidió que no quería tener nada más que ver con la vida materialista, y por lo tanto, le dijo a Rama Misra: “Ahora, todo lo que deseo es convertirme en su discípulo, así que no necesito la riqueza dejada por mi abuelo”.

“Pero yo le di mi palabra a Sri Nathamuni”, respondió Rama Misra, “así que tengo que darte el tesoro para cumplir con su voto. Ahora, continuemos juntos nuestro viaje”.

De hecho, el tesoro que describía Rama Misra era la belleza de Sri Rañganatha, la Deidad que reside dentro de un templo rodeado por siete murallas en una isla en el río Kaveri. La serpiente es el lecho de Ananta Sesa, en el que el Señor se recuesta. Se dice que esta Deidad fue instalada por Vibhisana, el hermano de Ravana, y que cada doce años va a Rañga-ksetra a adorar al Señor. El poderoso mantra es el santo nombre del Señor, mediante el cual es posible obtener la visión trascendental necesaria para apreciar que la Deidad no es diferente del Señor mismo.

Después de caminar durante cuatro días, llegaron a las orillas del río Kaveri, y al día siguiente cruzaron a la isla en la que se encuentra el sagrado templo de Sri Rañganatha. Rama Misra llevó a Yamuna a través de las seis puertas exteriores hasta que llegaron a la puerta de la sala del templo. Entonces, Rama Misra dijo: “Frente a nosotros, acostado en el lecho de Ananta Sesa, está el tesoro que era la única propiedad de tu abuelo: Sri Rañganatha, la más bella de todas las personalidades, el Señor de Laksmi-devi”.

Al escuchar estas palabras, Yamuna corrió hacia delante y cayó inconsciente a los pies de la Deidad. Desde ese día ya no deseó más reasumir su posición real. Recibió iniciación de Rama Misra y pasó el resto de sus días totalmente absorto en el servicio de Sri Rañganatha. Una parte de su reino fue devuelta a los reyes Pandya, y otra parte la entregó para el servicio de Sri Rañganatha. Recibió de su guru el mantra de ocho sílabas —om namo narayanaya— y cantando este mantra alcanzó el nivel más elevado de devoción amorosa hacia el Señor. Siguiendo las órdenes de Rama Misra, aprendió el arte del yoga místico y la meditación de Sri Kurakanatha, a quien Sri Nathamuni había instruido personalmente.

Después de la desaparición de su guru, Alabandaru fue reconocido como la cabeza de la comunidad vaisnava. Mientras era acárya en Sri Rañgam, escribió cuatro oraciones en glorificación del Señor Supremo. Especialmente, estaba dedicado a los escritos de su antecesor Nammalvara, los cuales recitaba constantemente y enseñaba a todos sus discípulos. Finalmente, el rey de los Cholas y su esposa también se convirtieron, dedicándose a la adoración de Sri Visnu. Todos los devotos del sur de la India adoraban a Yamuna por su renunciación, erudición, humildad y devoción constante e inquebrantable.
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